domingo, 22 de julio de 2012

Fragmentos de un Discurso Amoroso


“Fragmentos de un discurso amoroso”

Síntesis de este libro de Roland Barthes, el cual se centra en las distintas figuras que aparecen en el amor. En algún momento del año cuando trabajemos este tema los vamos a aplicar ya que muchos son recurrentes en la literatura.
La necesidad de este libro se concentra en la consideración siguiente: el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene; está completamente abandonado por los lenguajes circundantes: o ignorado, o despreciado, o escarnecido por ellos, separado no solamente del poder sino también de los mecanismos (ciencias, conocimientos, artes)…
FIGURAS:
Dis-cursus es, originalmente, la acción de correr aquí y allá, son idas y venidas, “andanzas”, “intrigas”. En su mente, el enamorado, no cesa en efecto de correr, de emprender nuevas andanzas y de intrigar contra sí mismo. Su discurso no existe jamás sino por arrebatos del lenguaje, que le sobrevienen del capricho de circunstancias ínfimas, aleatorias.
Se puede llamar a estos retazos de discurso FIGURAS. El enamorado es presa de sus figuras. La figura está circunscripta (como un signo) y es memorable como una imagen o un cuento. Una figura se funda si al menos alguien puede decir que efectivamente la reconoce.
ABISMARSE: ataque de anonadamiento que se apodera del sujeto amoroso por desesperación o plenitud.
ABRAZO: El gesto del abrazo amoroso parece cumplir, por un momento, para el sujeto, el sueño de unión total con el ser amado. Todo está suspendido, el tiempo, la ley, la prohibición, nada se agota, nada se quiere, porque todos los deseos están al fin colmados. La lógica del deseo sexual se pone en marcha, se pasa del abrazo afectuoso al abrazo sensual.
AFIRMACIÓN: Contra viento y marea, el sujeto afirma el amor como valor. A pesar de las dudas, de las desesperaciones, de las ganas de querer salirse de esa historia, el sujeto no deja de afirmar su existencia. A pesar de conocer argumentos que lo nieguen. Contradictoriamente es feliz e infeliz, triunfa y fracasa. ¿Cómo evaluar la viabilidad en el amor?
ANGUSTIA: El sujeto amoroso, a merced de tal o cual contingencia, se siente asaltado por el miedo a un peligro, a una herida, a un abandono, a un cambio, sentimiento que expresa con el nombre de “angustia”.
ATOPOS: El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como “atopo”, es decir como inclasificable, de una originalidad incesantemente imprevisible.
AUSENCIA: Todo episodio del lenguaje que pone en escena la ausencia del ser amado se tiende a transformar en una prueba de abandono. “Es el otro que parte, soy yo quien me quedo”. El otro se encuentra en estado de perpetua partida, yo espero, amo, sufro. Termino pensando “soy menos amado de lo que amo”.
CATÁSTROFE: Crisis violenta en cuyo transcurso el sujeto, al experimentar la situación amorosa como un conflicto definitivo, como una trampa de la que no podrá jamás salir, se dedica a una destrucción total de sí mismo. Hay dos tipos de desesperación: la lenta (se resigna paulatinamente) y la violenta (bruscamente reacciona contra sí mismo). “Me he proyectado en el otro con tal fuerza que, cuando me falta, no puedo recuperarme: estoy perdido para siempre”.
CELOS: Sentimiento que nace del amor y que es producido por la creencia de que la persona amada prefiere a otro. Cuando uno ama exige exclusividad. Al estar celoso se sufre en varios planos: sufre por estar celoso, por reprocharse que lo está y porque teme que sus celos hieran al otro.
COMPASIÓN: El sujeto experimenta un sentimiento de compasión violenta con respecto al ser amado cada vez que lo ve, lo siente o lo sabe desdichado por cualquier razón ajena a la relación en sí. Estoy conmovido, angustiado porque es horrible ver sufrir al ser amado, pero a la vez no dejo de estar ajeno a esa desdicha. Si el otro sufre por algo ajeno a mí, es porque no soy lo suficientemente importante para él. Siendo desgraciado por sí mismo, el otro me abandona.
COMPRENDER: Al percibir el amor como un nudo de razones inexplicables el sujeto desea comprender lo que siente y lo que le pasa.
CONTACTOS: La figura se refiere a todo discurso interior que surge por un contacto furtivo con el cuerpo del ser deseado.
CUERPO: Todo pensamiento, toda emoción, todo interés suscitados en el sujeto amoroso por el cuerpo amado. La piel, los ojos, la voz, todo en el otro despierta interés.
DECLARACIÓN: Propensión del sujeto amoroso a conversar abundantemente, con una emoción contenida, con el ser amado, acerca de su amor, de él, de sí mismo, de ellos, de la relación amorosa. Nadie tiene deseos de hablar de amor si no es por alguien.
DEMONIOS: A veces el sujeto amoroso se deja llevar por un discurso que lo impulsa a herirse a sí mismo y a expulsarse del paraíso en que se encontraba dentro de la relación amorosa. Una fuerza me arrastra a hacerme mal a mí mismo, el lenguaje actúa como bola de nieve, me obligo a pensar en imágenes de abandono y dolor, de humillación. El desasosiego se apodera del sujeto.
DEPENDENCIA: Figura en la que la opinión del sujeto se ve condicionado por su amada. Es una mecánica de vasallaje amoroso ya que al otro se le asigna un hábitat superior, un Olimpo donde todo se decide y desciende hacia mí.
DESOLLADO: Sensibilidad especial del sujeto amoroso que lo hace vulnerable a las heridas.
DOLIDO: Imaginándose sin vida, el sujeto amoroso ve la vida del ser amado continuar como si nada hubiera ocurrido.
DRAMA: el sujeto que ama se siente inmerso en su propia novela de amor.
ENCUENTRO: La figura remite al tiempo feliz anterior al comienzo de las dificultades de la relación amorosa. En el encuentro me maravillo de haber encontrado a alguien que, mediante pinceladas sucesivas y logradas una vez tras otra, sin desfallecimientos, acabe el cuadro de mi fantasma.
ESCENA: La figura se refiere a toda “escena” como intercambio de cuestionamientos recíprocos. Cada uno a su turno dice sus argumentos queriendo quedarse cada uno con la última palabra. Ninguna escena tiene un sentido, ninguna progresa hacia el esclarecimiento de nada.
ESPERA: Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos. Espera más que una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Mientras no llega, todo es un pequeño duelo, no hay sentido de las proporciones.
FALTAS: En determinadas circunstancias cotidianas el sujeto siente haber cometido una falta contra el ser amado y experimenta culpabilidad.
FASTIDIO: Sentimiento de celos tenue que se apodera del sujeto amoroso cuando ve el interés del ser amado captado y desviado por otra personas, objetos u ocupaciones que actúan a sus ojos como rivales secundarios.
FIESTA: Forma en que el sujeto reacciona ante el encuentro del ser amado. La presencia es la suma de todos los placeres, una plenitud de satisfacciones.
IDENTIFICACIÓN: El sujeto se identifica dolorosamente con cualquier persona o personaje que ocupe en una estructura amorosa la misma posición que él.
IMAGEN: En el campo amoroso, las más vivas heridas provienen más de lo que se ve que de lo que se sabe. En la imagen el yo no está en escena, es espectador y eso le provoca dolor. “La imagen es aquello de lo que estoy excluido”.
INCOGNOSCIBLE: Esfuerzo del sujeto por conocer y comprender al ser amado “en sí” independientemente de la relación. Po una parte creo conocer al otro mejor que cualquiera y se lo digo, pero a la vez muchas veces me parece misterioso e impenetrable, ajeno a mí. “No llego a conocerte” quiere decir en realidad “No sabré jamás lo que piensas realmente de mí”.
INFORMANTE: Figura amistosa que parece, sin embargo, tener la función de herir constantemente al sujeto amoroso, entregándole, como si tal cosa, informaciones sobre el ser amado con el efecto de perturbar la imagen que se tiene de él. El informante ingenuo o perverso tiene un papel negativo. Cualquier cosa que diga es dolorosa.
LLANTO: Expresión de emociones con las que el sujeto busca causar un efecto en el ser amado para presionarlo. Llora para mostrar que su dolor no es una ilusión.
MAGIA: Consultas, pequeños ritos, secretos, supersticiones que el sujeto integra en su relación amorosa sea cual sea la cultura a la que pertenece. Todo el tiempo se busca interrogar al destino, probar el amor y alimentar las expectativas.
MUTISMO: El sujeto amoroso se angustia de que el ser amado responda escasamente o no responda a las palabras que le dirige. El silencio del otro, lastima.
NUBES: Sentido y uso del ensombrecimiento de humor que se apodera repentinamente del sujeto amoroso por circunstancias variables. Estas nubes implican la molestia sutil por algo, la carencia.
OCULTAR: Una vez confesado el amor, el sujeto se pregunta en qué medida debe ocultarle las perturbaciones de su pasión: sus deseos, sus desamparos, sus excesos. Está preso de un doble discurso, sufre o teme pero no quiere expresarlo por temor a dejar en evidencia sus paranoias. “Le impongo a mi pasión la máscara de la discreción”.
RAPTO: Episodio en el cual el sujeto se encuentra capturado, “raptado” por la imagen del objeto amado (flechazo o encantamiento). Está fascinado por esa imagen.
RECUERDO: Rememoración feliz y/o desgarradora de un objeto, de un gesto, de una escena, vinculados al ser amado.
RESONANCIA: Modo fundamental de la subjetividad amorosa: una palabra, una imagen resuenan dolorosamente en la conciencia del sujeto.
SIGNOS: Ya sea que quiera probar su amor o que se esfuerce por descifrar si el otro lo ama, el sujeto amoroso no tiene a su disposición ningún sistema de signos seguros. “Lo único que me hace sufrir es la imposibilidad de probarte mi amor”. Impotencia del lenguaje, en el amor todo puede ser ambiguo.

jueves, 7 de junio de 2012

Lazarillo de Tormes. (Texto)


Texto completo del Lazarillo de Tormes: 

 Tratado Primero
Cuenta Lázaro su vida, y cuyo hijo fue

Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tome González y de Antonia Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una acena, que esta ribera de aquel río, en la cual fue molinero mas de quince anos; y estando mi madre una noche en la acena, preñada de mí, tomole el parto y pariome allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río. Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confeso y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metiose a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana; otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrabase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trabajando con el mozuelo, como el niño veía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía del con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: "¡Madre, coco!" Respondió él riendo: "¡Hideputa!"
Yo, aunque bien muchacho, note aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí:
"¡Cuantos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!"
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallose que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía pérdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya recibiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban. En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
"Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por ti. "Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
"Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro del". Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió que tenia la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
"Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo", y rio mucho la burla.
Pareciome que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí:
"Verdad dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer."
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía:
"Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré."
Y fue así, que después de Dios este me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.
Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila; ciento y tantas oraciones sabía de coro: un tono bajo, reposado y muy sonable que hacia resonar la iglesia donde rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósticos a las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre.
Finalmente, a nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía: "Haced esto, haréis estotro, cosed tal yerba, tomad tal raíz." Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían creían. Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.
Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario.
Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.
Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con un aro de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero, que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja; mas yo tomaba aquella lacería que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada.
Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces de un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza; y así buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba. Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenia lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que el echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:
"¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha."
También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenia mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia. Luego él tornaba a dar voces, diciendo: "¿Mandan rezar tal y tal oración?", como suelen decir. Usaba poner cabe si un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas durome poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y tapábale con la mano, y así bebía seguro. Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio  no me aprovechaba ni valía, acorde en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada: espantábase, maldecía, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
"No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano."
Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, senteme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos del se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavome con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía: "¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud", y otros donaires que a mi gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar del; mas no lo hice tan presto por hacello mas a mí salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coscorrones y repelándome. Y si alguno le decía por que me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:
"¿Pensareis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña."
Santiguándose los que lo oían, decían: "¡Mira, quien pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad!", y reían mucho el artificio, y decíanle: "Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis."
Y él con aquello nunca otra cosa hacía. Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por  hacerle mal y daño: si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.
Y porque vea vuestra merced a cuánto se extendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: "Más da el duro que el desnudo." Y venimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena cortesía y ganancia, deteníamonos; donde no, al tercer día hacíamos San Juan.
Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que prendían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:
"Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo.
Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño."
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía.
Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:
"Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tu comido las uvas tres a tres”. No comí -dije yo- más ¿por qué sospecháis eso?" Respondió el sagacísimo ciego:
"¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas" , a lo cual yo no respondí.
(…)
Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con el acabar.
Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y diome un pedazo de longaniza que la asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por el de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando que me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.
Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aun no había conocido por no lo haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallose en frío con el frío nabo. Alterose y dijo:
"¿Que es esto, Lazarillo?"
"¡Lacerado de mí! -dije yo-. ? ¿Si queréis a mi echar algo? ?¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto."
"No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible"
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantose y asiome por la cabeza, y llegose a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el enojo se habían aumentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aun no había hecho asiento en el estomago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.
¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía injusticia en no se las reír.
Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la mitad del camino estaba andado; que con solo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estomago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así. Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:
"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida."
Y luego contaba cuantas veces me había descalabrado y arpado la cara, y con vino luego sanaba.
"Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú."
Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profeta, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pague, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante vuestra merced oirá.
Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmelo más. Y fue ansí, que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:
"Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Protejámonos a la posada con tiempo."
Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:
"Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde atravesemos mas aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos a pie enjuto" Pareciole buen consejo y dijo:
"Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados."
Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquele debajo de los portales, y llevelo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre la cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole: "Tío, este es el paso más angosto que en el arroyo hay."
Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme del venganza), creyose de mí y dijo:
"Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo."
Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste como quien espera tope de toro, y díjele:
"¡Sus! Salta todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua. "Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio muerto y hendida la cabeza.
"¿Cómo, y oliste la longaniza y no el poste? ¡Ole! ¡Ole! -le dije yo. Y dejele en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa en los pies de un trote, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios del hizo, ni cure de lo saber.

jueves, 31 de mayo de 2012

Cuento de Edgar Allan Poe

Lectura dramatizada del cuento "El extraño caso del Sr. Valdemar" de Edgar Allan Poe a cargo de Alberto Laiseca (Actor).


Para escuchar a todo volumen.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Poemas de Baudelaire


Prólogo del Libro

Al lector.
La necedad, el error, el pecado, la tacañería
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes:
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas, lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este químico sabio.

¡Es el diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes  encontramos atractivos;
Cada día hacia el infierno descendemos un paso,
Sin horror a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
El seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos al pasar un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual naranja vieja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! No es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes,
En la jaula infame de nuestros vicios.

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio!, los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces lector ese monstruo delicado,
-Hipócrita lector,  -mi semejante- ¡mi hermano!







SECCIÓN 1: SLEEN E IDEAL.

La primera y más extensa de las secciones establece la postura de Baudelaire sobre la poesía. “El mal del siglo” que eran la melancolía y la atracción por la soledad se convierten en Spleen, algo más profundo e irrecuperable que debe entenderse como el hastío de vivir. Como contrapartida, oscilando entre los opuestos está el Ideal que aparece siempre dependiendo de un ansia de trascender.
El poema “El albatros” identifica y define al poeta romántico que se siente en soledad frente a la sociedad. Baudelaire no pertenece por entero a ninguna corriente ya que tiene lo mejor de cada una.


El albatros.

A menudo, por divertirse, los marineros
Cazan albatros, grandes pájaros de los mares,
Que siguen su viaje, indolentes compañeros,
Al barco en los amargos abismos de los mares.

Pero ni bien sobre las tablas los arrojan,
Esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
Sus grandes alas blancas penosamente aflojan,
Y las dejan cual remos caer a sus costados.

¡Qué torpe y qué débil ese viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué cómico y qué feo!
¡Con una pipa, uno el pico le ha quemado,
Otro remeda, renqueando, del inválido el vuelo!

El Poeta es como ese príncipe de las nubes
Que desdeña las flechas y que atraviesa el mar;
En el suelo, entre ataques y mofas desterrado,
Sus alas de gigante le impiden caminar.



SECCIÓN 2: CUADROS PARISINOS.

La ciudad es la protagonista especial de “Las Flores del Mal”, un escenario de la miseria pero también de la derrota del hombre ante lo absoluto. En la ciudad, más denudo e indefenso que en contacto con la naturaleza, el hombre se pone en contacto directo con su situación ante el destino.
La ciudad es París. Sólo una metrópolis de este tipo de este tipo y aspiraciones le podía parecer la total sustitución de la naturaleza. La ciudad es el lugar de los desamparados y es también el lugar del descubrimiento del amor.


A una transeúnte.

La calle aturdidora, en torno de mí, aullaba.
Alta, fina, de luto, dolor majestuoso.
Una mujer pasó, que con gesto faustuoso,
Recogía las blondas que su andar balanceaba.

Ágil y noble, con sus piernas de escultura.
Por mi parte bebí, como un loco crispado,
En su pupila, cielo de huracán preñado,
Placer mortal y aun tiempo fascinante dulzura.

¡Un relámpago… y noche! Fugitiva beldad
Cuya mirada me ha hecho de golpe renacer,
¿No he de volver a verte sino en la eternidad?

¡Lejos de aquí! ¡O muy tarde! ¡O jamás ha de ser!
Pues donde voy no sabes, yo ignoro a donde huiste.
¡Tú, a quien yo hubiese amado, tú, que lo conprendiste!