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martes, 4 de junio de 2013

Baudelaire y la poesía de la ciudad



La poesía de la ciudad:


Uno de los temas más destacados de "Las Flores del Mal" es el de la ciudad con su misteriosa fascinación pero también con sus miserias, sus criminales y sus malvivientes. Baudelaire no solo incorpora los productos más degradados de esa nueva sociedad, sino que afirma incluso que debemos buscar en ellos los "nuevos héroes de nuestro tiempo". Ha descubierto en París una nueva fuente de poesía: la existencia de los seres marginados.

Él mismo se caracterizó por el rechazo y la actitud desafiante que enfrenta a "la civilización", por eso nos presenta subproductos del mundo civilizado. Nos muestra cuál ha sido el precio de la gran industria y de la enorme concentración humana. Es decir, a costa de qué miserias fue construida la gran ciudad.

Reconoce la fascinación que produce la ciudad, la cual puede provenir hasta del horror. Aparece la dualidad de la modernidad donde los seres pueden ser "decrépitos y encantadores". La gran industria lleva a una sobreabundancia de estímulos que nuestra conciencia no tiene tiempo ni energía suficiente para asimilar. El artista es el único que puede captar la singularidad de esos "shocks", ya que la belleza está en ese carácter único e irrepetible de esas experiencias fugaces.

Cuando los estímulos son excesivos, como sucede en la sociedad moderna, en lugar de experiencia vivida lo que se produce es una serie de shocks y la repetición de esos sobresaltos, de esos impactos no asimilados. El espanto es uno de los aspectos centrales de la experiencia de Baudelaire."El estudio de la belleza, dice Baudelaire, es un duelo donde el artista grita de espanto antes de ser vencido". Se trata de una lucha, un duelo con el mundo que lo rodea pero también con las palabras que serán las que le permitan expresar por lo menos su derrota

Baudelaire explica: "Al poeta le toca traducir en un lenguaje magnífico, distinto al de la prosa y al de la música, las conjeturas eternas de la curiosa humanidad (...) es un alma colectiva que interroga, que llora, que espera y que adivina, a veces".

La presencia de la multitud

La multitud que está siempre presente en su obra es la de la metrópolis superpoblada y ofrece el aspecto de algo amorfo, impersonal e indiferente. La soledad del hombre en medio de la multitud y el carácter amenazante de esta ya había sido tratado por otros autores como Poe ("El hombre de la multitud"). En el caso de Baudelaire la diferencia está en que el poeta se vuelve cómplice de la multitud, se interna en ella y allí busca rescatar lo que esta tiene de embriagador y al mismo tiempo sufre por su indiferencia y su aspecto amenazador. No es una realidad que le es ajena sino una de las condiciones de su propia vida.

La despersonalización aparece tan clara que las personas son tratadas como "fantasmas" en muchos de sus poemas, no solo son indiferentes sino también hostiles.

La visión de la muchedumbre de Baudelaire siempre será ambigua, por un lado la rechaza pero por otro encuentra en ella una belleza deslumbrante y enloquecedora, maravillosa en sus posibilidades pero efímera, fugaz, irreal y sobre todo inhumana.

La vida en la ciudad lleva a la pérdida del encuentro humano en el amor, la destrucción de la posibilidad de un contacto humano libremente desarrollado. En medio de la multitud las necesidades del hombre persisten, pero las posibilidades de establecer un contacto humano verdadero disminuyen. Es más, al aumentar los estímulos se multiplican los encuentros casuales y fugaces lo cual resulta más hiriente aún y lleva a una sensación permanente de frustración e insatisfacción. 

Por otra parte el confort contribuye también al aislamiento del hombre al volver  cada vez más inútiles determinados actos que antes nos ponían en contacto con los demás.


Material extraído de "Apuntes de Literatura: La poesía de Charles Baudelaire" Ed. Hontanar.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Poemas de Baudelaire


Prólogo del Libro

Al lector.
La necedad, el error, el pecado, la tacañería
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes:
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas, lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este químico sabio.

¡Es el diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes  encontramos atractivos;
Cada día hacia el infierno descendemos un paso,
Sin horror a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
El seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos al pasar un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual naranja vieja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! No es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes,
En la jaula infame de nuestros vicios.

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio!, los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces lector ese monstruo delicado,
-Hipócrita lector,  -mi semejante- ¡mi hermano!







SECCIÓN 1: SLEEN E IDEAL.

La primera y más extensa de las secciones establece la postura de Baudelaire sobre la poesía. “El mal del siglo” que eran la melancolía y la atracción por la soledad se convierten en Spleen, algo más profundo e irrecuperable que debe entenderse como el hastío de vivir. Como contrapartida, oscilando entre los opuestos está el Ideal que aparece siempre dependiendo de un ansia de trascender.
El poema “El albatros” identifica y define al poeta romántico que se siente en soledad frente a la sociedad. Baudelaire no pertenece por entero a ninguna corriente ya que tiene lo mejor de cada una.


El albatros.

A menudo, por divertirse, los marineros
Cazan albatros, grandes pájaros de los mares,
Que siguen su viaje, indolentes compañeros,
Al barco en los amargos abismos de los mares.

Pero ni bien sobre las tablas los arrojan,
Esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
Sus grandes alas blancas penosamente aflojan,
Y las dejan cual remos caer a sus costados.

¡Qué torpe y qué débil ese viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué cómico y qué feo!
¡Con una pipa, uno el pico le ha quemado,
Otro remeda, renqueando, del inválido el vuelo!

El Poeta es como ese príncipe de las nubes
Que desdeña las flechas y que atraviesa el mar;
En el suelo, entre ataques y mofas desterrado,
Sus alas de gigante le impiden caminar.



SECCIÓN 2: CUADROS PARISINOS.

La ciudad es la protagonista especial de “Las Flores del Mal”, un escenario de la miseria pero también de la derrota del hombre ante lo absoluto. En la ciudad, más denudo e indefenso que en contacto con la naturaleza, el hombre se pone en contacto directo con su situación ante el destino.
La ciudad es París. Sólo una metrópolis de este tipo de este tipo y aspiraciones le podía parecer la total sustitución de la naturaleza. La ciudad es el lugar de los desamparados y es también el lugar del descubrimiento del amor.


A una transeúnte.

La calle aturdidora, en torno de mí, aullaba.
Alta, fina, de luto, dolor majestuoso.
Una mujer pasó, que con gesto faustuoso,
Recogía las blondas que su andar balanceaba.

Ágil y noble, con sus piernas de escultura.
Por mi parte bebí, como un loco crispado,
En su pupila, cielo de huracán preñado,
Placer mortal y aun tiempo fascinante dulzura.

¡Un relámpago… y noche! Fugitiva beldad
Cuya mirada me ha hecho de golpe renacer,
¿No he de volver a verte sino en la eternidad?

¡Lejos de aquí! ¡O muy tarde! ¡O jamás ha de ser!
Pues donde voy no sabes, yo ignoro a donde huiste.
¡Tú, a quien yo hubiese amado, tú, que lo conprendiste!